Cuando el oído cambia el sabor.

Dra. Jo Burzynska

15 de junio de 2025

Hay una historia que nos cruzamos hace poco y que conecta directo con lo que creemos en Vinilo: el sonido no es un detalle de fondo cuando se trata de vino — es parte de la experiencia.

Anna Mantheakis es enóloga y destiladora de whisky, y tiene una sinestesia poco común: lo que escucha mientras cata cambia literalmente lo que prueba. No lo supo hasta los 19 años, trabajando en el restaurante de su padre, cuando probó una crema batida a escondidas y le supo a «leche descremada con lejía». El cocinero no notó nada raro — hasta que Anna se dio cuenta de que el sabor solo se arruinaba cuando los extractores de la cocina estaban encendidos. En silencio, la crema estaba perfecta.

Durante su maestría en Enología y Viticultura en UC Davis intentó reprimir esa sensibilidad: usaba tapones de oídos en las prácticas de cata para «estandarizarse» como profesional. Con el tiempo entendió que estaba negando algo central de cómo percibe el mundo, y dejó de esconderlo.

Lo que más le cambia no son los sabores básicos (dulce, ácido, amargo) sino la textura y el aroma. Un Pinot Noir con el bullicio de una conferencia de fondo le sabe a agua de estanque; ese mismo vino con el zumbido de un extractor de cocina, en cambio, pierde sus defectos —el TCA, el acetaldehído— aunque de paso se lleve también algunas virtudes. Hoy convirtió esto en una herramienta de trabajo: usa una grabación de grillos como si fuera «sal», porque realza sabores sin alterarlos; una nota desafinada de clarinete le permite detectar cislactonas en el whisky, que ahí le saben a «bourbon con cereza»; y un zumbido eléctrico específico le indica el momento exacto del corte de colas en la destilación, porque hace que el whisky huela a aceite de palta — cuando ese aroma se va, es la señal de cortar.

También hay algo interesante en lo que cuenta sobre el volumen: subirlo demasiado le intensifica la sensación de astringencia y el ardor del alcohol, pero le apaga la intensidad aromática. Hay, según ella, un punto óptimo — pasado ese punto, la experiencia se aplana en vez de crecer.

Como ella misma lo resume: «Todo lo que saboreo está condicionado por mi entorno sonoro.»

Anna cree que la sinestesia existe en un espectro — ella también asocia colores con letras y números, aunque de forma consciente, no automática — y que incluso quienes no la tenemos de forma tan marcada, procesamos el gusto condicionados por lo que nos rodea. Es, en el fondo, la misma intuición con la que armamos cada maridaje acá: el ambiente cambia lo que tomás, solo que en su caso es literal y medible.

La nota completa, escrita por la Dra. Jo Burzynska para su Substack, vale la lectura entera.

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